Parafraseando el libro de Rafael Mateos Sáinz de Medrano sobre Estoril en los años del exilio de las monarquías de Europa (que no sé qué tenían de dorados si estaban allí a la fuerza...), abrimos aquí un post sobre los que para mí fueron los verdaderos años dorados para las coronas europeas.
Partimos de 1992. Por aquel tiempo, yo iba tomando conciencia de cómo es el mundo (o cómo era) y quiénes lo componían. Aprendí que España es una monarquía y que, por eso, tiene un rey y una familia real. La casa de Borbón, restaurada en 1975 con Juan Carlos I, había tenido el reto en las décadas anteriores a 1992 de ser aclamada por un país que había estado sin monarquía desde 1931.
Esto se dice siempre al hablar de la Transición. Pero recordemos que España llevaba siglos de monarquía, por mucha interrupción que hubiese habido en 44 años. Así, la consolidación plena de ese reto se plasmó en aquel 1992 con el despliegue que España tuvo hacia el exterior con la Expo de Sevilla y los Juegos Olímpicos de Barcelona. En estos, el entonces príncipe Felipe fue el abanderado del equipo español.
En Don Juan Carlos y en el resto de su familia se notaba la alegría, el deber cumplido: la instauración de la democracia y la monarquía eran ya un hecho más que asentado y este era el escaparate ante el mundo. Un año para España, sin ninguna duda. El documental de la BBC de aquel 1992, del que ya hablamos aquí, mostraba un período de felicidad para la familia real, como se puede ver aquí, compartiendo mesa con la familia real griega en una terraza de Mallorca, como cualquier familia.
El lazo entre los españoles y la corona siguió manteniéndose fuerte. El sueño de Don Juan de Borbón cumplido, el que Alfonso XIII no consiguió. A ello contribuyeron también el firme apoyo de la familia real a las víctimas del terrorismo, en lo que fueron los últimos coletazos de ETA tras el fatídico asesinato de Miguel Ángel Blanco en 1997; así como misiones de representación al exterior, toma de posesión de dirigentes extranjeros, competiciones deportivas, etc.
La corona de Gran Bretaña, por su parte, vivió en los 90 tambaleos. Los divorcios del entonces príncipe Carlos y Diana, por un lado, y los del príncipe Andrés y Sarah Ferguson por otro, así como el incendio del castillo de Winsor, supusieron el annus horribilis para la reina Isabel II en 1992, todo lo contrario que para sus parientes españoles. La muerte de Lady Di en 1997 aparecía como un nuevo revés. Pero la reina dio un decisivo discurso que restableció las relaciones corona-pueblo.
El resto de monarquías europeas seguía su curso. El entonces príncipe Haakon se imponía y lograba casarse en 2001 con Mette-Marit y formar una familia "moderna" al incluir al hijo de la princesa.
La década de 2000 fue de bodas reales: Países Bajos, Dinamarca y España. Despliegue de reyes y príncipes. Tranquilidad institucional.
En 2009, en mi segundo año de carrera, comienzo a aprender sobre las casas reales de Europa. Y los rostros de la realeza comienzan a ser habituales.
2010: año para la historia. Uno de los mejores veranos que han existido comenzaba con la boda de la princesa Victoria de Suecia, que congregó a multitudes. El enlace de la heredera sueca con su entrenador personal cerraba los "cuentos de hadas" que hicieron que esa gran familia que es la realeza se reuniese tantas veces.
Allí en Estocolmo se pudo ver la gran sintonía entre varias familias reales. La entonces princesa Máxima de Holanda habló del "club M" formado por ella, María de Dinamarca, Mette Marit y Matilde de Bélgica. La reina Letizia nunca ha pertenecido a este, no solo por el nombre, sino también porque dicen los "expertos" que de ese club solo se lleva bien con la (ahora) reina Máxima.
A este evento le siguió el inicio del mundial de Sudáfrica. La familia real holandesa lo hizo al ritmo de vuvuzelas, uno de los emblemas de este evento.
Pero luego... ¡cómo lloraba el entonces príncipe Guillermo Alejandro en la final y cómo lo celebraba la familia real española!
Gran Bretaña, por su parte, celebraba los jubileos de su reina y esta se aseguraba la sucesión con la boda de su nieto Guillermo con Kate Middleton en 2011.
Toda esta era de paz y tranquilidad comenzó a truncarse en diciembre de 2011 cuando Iñaki Urdangarín fue apartado de sus funciones por sus implicaciones en el caso Nóos. Al año siguiente, el rey Juan Carlos participaba en una cacería en Bostwana en medio de la crisis. El comportamiento ejemplar que había tenido hasta entonces comenzaba a tambalearse ante el pueblo. Los problemas no habían hecho más que empezar. A pesar de que el rey fue el único dirigente español que pidió perdón por sus actos, acabó abdicando en su hijo Felipe en 2014.
Unos años después llegaría el caso Corinna, el cual hizo cambiar la imagen de muchos españoles hacia el rey Juan Carlos, que acabó retirándose a EAU.
No fue la primera abdicación del siglo. Un año antes, la reina Beatriz I abdicaba en los Países Bajos y Guillermo Alejandro se convertía en rey. Pompa y honores con invitados de otras casas reales, a diferencia de España.
A esta le siguió la de Alberto II de Bélgica ese mismo año, quien abdicó en su hijo Felipe I, pasando por la del papa Benedicto XVI.
Aquellos príncipes que sonreían en bodas, aniversarios y demás eran ya reyes. Solo quedaban Isabel II y los escandinavos. Todos ellos se habían negado siempre a abdicar, a pesar de presumir de modernos.
Gran Bretaña se tambaleaba con el caso Epstein, que salpicaba al príncipe Andrés.
Y las "quejas" de Megan Markle que llevaron a que ella y el príncipe Harry abandonasen Reino Unido.
Gastos desmedidos en la familia real holandesa, fiestas durante el COVID en la danesa (el príncipe Cristian, concretamente) y el caso Marius en Noruega: el hijo de Mette Marit. Los años dorados parecían quedar atrás. Pero hubo espacio para eventos que lograron reunir a casi toda la realeza, como el 75º cumpleaños de la reina Margarita II de Dinamarca en 2015,
país que sigue desplegando su pompa como un viaje al siglo XIX,
la coronación del emperador Naruhito de Japón en 2019,
o la visita de los reyes de España a Suecia en 2021.
La coronación de Carlos III de Gran Bretaña en 2023 dio paso a una nueva era.
Lo mismo que Federico X en Dinamarca en 2024.
Mientras tanto, los herederos siguen creciendo y estudiando, esperando el momento en el que les toque reinar.
Y Victoria de Suecia, la última princesa de su generación, sigue esperando. Pero todo apunta a que su padre morirá en el cargo...
No volveremos a esos años dorados. Pero sin ninguna duda, y especialmente Juan Carlos I, vuelven la vista atrás hacia ellos: sin escándalos, sin preocupaciones.


























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