lunes, 15 de junio de 2026

Veranos inmortales

    ¡Oh, veranos inmortales! Veranos del Pantano, nuestro mar soriano. Todo cuanto hablaba del mar era para mí, en aquellos veranos de los 90, el embalse de la Cuerda del Pozo





     En la playa de la Carretera Cortada, en esos días interminables en los que nos bañábamos, comíamos, jugábamos durante la siesta de los mayores y volvíamos a bañarnos hasta la merienda-cena. Cuando la puesta de sol nos anunciaba el final del día y lo contemplábamos sabiendo que estábamos ante algo intemporal.



     Igual que en la luna naranja que le seguía, esa enorme luna africana.
    Aquellos días inmortales que tenían como banda sonora las canciones de Juan Luis Guerra y 4.40. Y es que al oír que "a tu amor le nacen alas y vuela sobre el mar" yo solo podía pensar en el Pantano.


    Desde aquellos primeros 90 no he podido entender un verano sin A pedir su mano, De tu boca, Café en el campo o Visa para un sueño. Lo curioso es que, ya de veinteañero, conocí canciones de otros autores que me hablaban inconscientemente de aquellos veranos: Arponera, de Esclarecidos; Che sarà, de Ricchi e Poveri; The Morning After, de Maureen McGovern o Yesterday Once More, de The Carpenters.


Aquellos veranos en los que yo viajaba a Helvecia con Astérix y Obélix:


O al oeste con Lucky Luke:


    Del oeste hay mucho para contar: todas aquellas historias me hablan directamente del verano. Pues como las bicicletas, el western es para el verano.



¿Pues cuándo si no cabalgarían los indios por las grandes praderas de las grandes historias?





    Y también las aventuras son para el verano, especialmente las de Julio Verne, pues no puedo imaginar 20000 leguas de viaje submarino ni Dos años de vacaciones ni La isla misteriosa si no es bajo el sol de julio y agosto.


¿Pues como pensar si no en aquellas islas exóticas de los mares del Sur?



¿O en tesoros de piratas?



¿O el desierto de Tintín en Los cigarros del faraón y en El cangrejo de las pinzas de oro?





    Sin olvidar a Pippi Calzaslargas, especialmente en Viaje en tren, pues ese desayuno en el jardín en la mañana veraniega es también el mío:


Y el de Larsson:


Y cuando los animales huyen de la tormenta, es la tormenta de verano en Santervás:


Ese paisaje de fondo es el Duero cerca de Santervás:


Y cuando pasan la noche en el pajar de la granja, es el desván de Santervás:



    La aventura estaba también presente en la piscina de Abejar, con el marco (también inmortal) del Pico Frentes como fondo.


¡Con los míticos helados Solero de Frigo!


Y El enebro de los hermanos Grimm



que era para mí el enebro del Pantano:


¡Y La chusma!


Y qué decir de El viento en los sauces: un canto de amor al campo y al río.


Campos y ríos que son los míos del verano






Algo que no está lejos de los impresionistas, como la Grenouillere


    Y las noches de Valonsadero, que tanto me recuerdan a la fiesta de Heidi en el jardín, de la que hablamos.




    Esa atmósfera me habla también de Mary Poppins, que vi miles de veces en vacaciones en casa de los abuelos.


    Las escenas del parque (aunque este no se llega a ver, sino que se intuye tras las rejas), que serán siempre para mí la Dehesa y la avenida de Valladolid, ya de noche, con la luz de las farolas.


     Es a la entrada de ese parque donde Bert se gana la vida, en uno de sus numerosos empleos, pintando pequeños cuadros en la acera.


    Pinturas naif que, quizá por recordar a las obras de Henri Rousseau, o incluso a Georges Seurat, invitaban a un verano imperecedero, anclado en aquella Belle Epoque.







    El paseo de los personajes por el paisaje del cuadro, con carrera de caballos y caza del zorro incluidas, y la terraza bajo el sauce, aportaban también una sensación de eternidad.


 Y la magia continúa con el paseo de Mary, Bert y los niños por los tejados de Londres, donde asistimos al famoso número musical de los deshollinadores.

    Y sobre todo cuando contemplan los tejados de Londres al atardecer y Bert dice: "¿Qué os había dicho? El mundo entero a vuestros pies ¿Y quién puede ver esto? Los pájaros, las estrellas y el deshollinador". Justo después de sonar la melodía del Big Ben y antes de comenzar la de la Mujer de las Palomas.


    Ahí está la casa de los abuelos y la carretera de Pedrajas. Ahí vive el espíritu del verano. De los veranos inmortales.


jueves, 11 de junio de 2026

La maravilla de la Sagrada Familia

    Hacía mucho tiempo que no me emocionaba al ver algo en televisión. Más que nada porque la televisión es cada vez peor y porque en este mundo materialista, frívolo, chabacano y hedonista en el que vivimos hay muy pocas cosas que hagan impresionar, saltar, aplaudir, vivir, en suma. Es cierto que cada Nochevieja nos une y nos emociona la entrada en el nuevo año con las uvas. Pero poco hay que pueda impresionar más como lo vivido ayer en Barcelona con la bendición de la Sagrada Familia de Barcelona.


    La visita del papa León XIV está siendo algo mucho más que una visita. Está superando con creces a las anteriores visitas de Juan Pablo II y Benedicto XVI, no solo por asistencia de público, sino por todo cuanto ha movido y agitado. Las visitas de aquellos pontífices se limitaban a baños de masas desde altares montados en estadios (muy del gusto de Juan Pablo II desde su histórico viaje a Polonia en 1983, del que ya hablamos en el caso Orlandi), encuentros con las autoridades, misas y bendiciones desde el papamóvil. Pero el papa León ha logrado algo inédito. El papa Francisco gustó mucho de las palabras, pero muy poco de los hechos. Por el contrario, Prevost ha bajado al barro y rescatado personas en Perú; les ha hecho llegar suministros durante el COVID en ese país andino, se ha enfrentado a la secta Sodalicio, ha conducido su coche  hasta los lugares más apartados de aquel estado. Y aquí, en España, se ha reunido con personas desamparadas en la sede de Cáritas, ha escuchado a la patronal y a los sindicatos, a las víctimas de la pederastia. Ha realizado una procesión del Corpus inédita. Está moviendo y encantando a personas no creyentes, muchas de las cuales admitían su emoción. 



    Porque aunque es un papa tímido, serio, las pocas palabras que dice las dice de verdad. Y eso se nota. A veces, es precisamente la sencillez lo que más llega. Y los hechos. Pues como le dijo San Francisco a Bernardo de Quintevale: "Hubo un tiempo en el que yo también creía en las palabras...". 
    La fase madrileña me ha despertado especialmente una sonrisa. Y no precisamente por la basura de Hakuna y toda esa parafernalia hipócrita con tintes de "juventud". Creo que hay una belleza misteriosa que hace despertar una sonrisa. Una puesta en escena hermosa, porque la belleza ha estado ligada a la religión desde siempre, aunque, como señaló Soto Ivars, "la que nos dio a El Bosco y a Bach, nos ha traído en los últimos años a Hakuna, Kiko Argüello y a la vulgaridad". Lo mismo ha sucedido en la fase barcelonesa, en la que al papa le tocaba bendecir la torre de Jesucristo, culminada tras años de construcción en el largo proceso arquitectónico de la que (ya hace tiempo, pero sobre todo desde ayer) creo que es mucho más que una iglesia: la Sagrada Familia.


    Especialmente emotiva fue la conversación del papa y los reyes con Valentina, la niña ciega que pudo tocar y explicar la reproducción de la torre. Momento que podría estar perfectamente amenizado por la banda sonora de La misión de fondo.


    En esta época de corrupción, basura, subnormalidad, burocracia innecesaria, saturación en muchos niveles etc., merece la pena que nos conmovamos ante algo que, como decía, nos despierta una sonrisa. Y a quien no le pase, que se lo haga mirar.
    Pero la sorpresa llegaba al finalizar la misa de bendición. Misa también bella, no solo por el escenario incomparable que ya de por sí supone el interior de la Sagrada Familia, sino por el coro y por los aplausos a León XIV, también inéditos. Tras esta ceremonia, el papa salió al exterior y bendijo el templo. A continuación, comenzó un espectáculo impresionante (y totalmente sorpresa) que nos dejó sin palabras y con la piel de gallina. Todo empezó con un coro de niños cuyas voces no parecían de este mundo. La motivación mística que ha acompañado al cristianismo y a otras religiones desde siempre se materializaba en ese momento esencial. Y brotaba una sensación: la sensación de estar ante algo fuera del tiempo y del espacio.


    Tras ello, comenzaba el juego de luces y música. Y entonces, nos rendimos completamente a lo que estábamos viendo. Ni una palabra por parte de ningún locutor. El silencio estupefacto de saber que estábamos contemplando algo que, de algún modo, parecía traspasar todos nuestros parámetros de este siglo XXI (que no está siendo tan genial como pensábamos). Algo histórico, mágico e irrepetible. La civilización occidental, que ya demostró en la inauguración de los Juegos Olímpicos de Invierno que no está muerta ante la locura woke, demostraba de nuevo lo mismo anoche. La ciudad condal se había guardado bien la gran sorpresa que, para mí, no solo ha sido el gran momento de la visita del papa León, sino el gran momento de 2026.








    Y como broche de oro, el rostro de Antonio Gaudí formado por drones en el cielo de Barcelona, mirando a su obra, la que él no pudo ver terminar, y sonriendo.







    Contemplar el espectáculo que ofrecía ayer la maravilla de la Sagrada Familia fue más que un simple momento televisivo o anecdótico. Es ya historia de España y del mundo.