miércoles, 30 de septiembre de 2026

El despertar de la espiritualidad

   Siempre ha habido intentos por parte de ciertos sectores por cercenar la espiritualidad o religiosidad. Que si no es posible que exista un ser superior, que si todo son supersticiones, que si solo importa la ciencia (pero la convierten en religión...), etc. Nunca he sabido el por qué de ese interés, pero quizá tenga que ver con lo que dijo, creo recordar, Juan Manuel de Prada: ocupar el trono de Dios. Si se acusa a la religión (no nos engañemos, esos sectores solo odian a UNA religión: el cristianismo) de haber controlado a la sociedad europea durante siglos, esos sectores lo que quieren es tomar ese control.


    Pero esos intentos, sin embargo, no han conseguido, en esta era digital y laicista, cercenar esa espiritualidad. Más bien está logrando lo contrario, pues estamos asistiendo a un nuevo despertar de esta ¿Cuál es la causa? Se me ocurren varias:

-Una reacción al mundo materialista en el que vivimos, en el que los altares se dedican al consumo, lo woke, el feminismo radical, la frivolidad, etc.
-La connivencia de ese mundo con el islam (por miedo o por complejismo), lo cual se traduce en una protección a la identidad islámica, pero burla y rechazo al resto de identidades.
-La búsqueda de respuestas o experiencias trascendentes que la digitalización no puede ofrecer.

    El caso es que asistimos a un despertar espiritual en Occidente que se está manifestando en los últimos años de diversas formas. No me refiero a la basura de Hakuna, como ya he indicado otras veces, ni a sus formas no camufladas, que me generan rechazo. Me refiero, por ejemplo, a la enorme acogida en la visita del papa León XIV a España


    y el insuperable espectáculo de la Sagrada Familia. Algo que, como ya dije, me dio la sensación de "estar ante algo fuera del tiempo y del espacio" y que "parecía traspasar todos nuestros parámetros de este siglo XXI" (todo ello resume mi idea de espiritualidad, que se una a las causas expuestas).


Y la reciente visita del papa a Francia, con el mismo efecto,




y la maravillosa Bernadette cantando.


    Fijémonos también en la naturalidad con la que se muestra la fe por parte de varias personas, sean famosas o no. El otro día vi un vídeo de una versión del grupo italiano The Boomers de la canción E Quasi Magia de Cristina D'Avena. La cantante del grupo interpretaba la pieza desde su habitación. Y en ella, entre muchas fotos y adornos, se distinguía claramente un retrato del padre Pío.


    Ana Iris Simón ha hablado en varias ocasiones de su experiencia de fe que la hizo abrazar el cristianismo, aun perteneciendo a una familia "atea militante" (tal como ella ha descrito).


    Testimonio parecido al del actor francés Gad Elmaleh, judío durante años, apartado de la fe, pero convertido al catolicismo recientemente,


igual que el también actor americano Shia LaBeouf.


    O testimonios que en realidad nos dicen "siempre estuvo ahí", como la idea que Chesterton nos presenta en El hombre eterno: un niño quiere ver a los gigantes y para ello se va de casa. Cuando ha caminado unos metros vuelve su rostro y se sorprende porque cree ver un gigante. Lo que ve es en realidad su casa, la que "siempre estuvo ahí", pero no había sido capaz de verla hasta que no se ha alejado de ella.



     Es el testimonio de otros famosos que, o nunca se "alejaron", o regresaron a la fe, como el actor Santi Rodríguez, que dice que "hay que manifestar nuestra fe con un natural y sano orgullo";


Jordi Mollá, que define su fe como "una realidad absoluta y un lugar de seguridad";


    Antonio Banderas, asiduo de la Semana Santa actualmente, pero que abandonó la fe en su juventud y luego regresó a esta, tal como le dijo a León XIV: "he sido víctima del hechizo de Dios"; 


el presentador Christian Gálvez, quien declaró recientemente: "Tengo la certeza de que Dios existe",


o la cantante Enya, que ha afirmado que "encuentra seguridad en la oración".


    Este nuevo despertar de la espiritualidad se manifiesta también en el arte, como en la película de Los Domingos (Alauda Ruíz de Azúa, 2025).


    Este film, que narra la vida de Ainara, una adolescente que desea ingresar en un convento, marca una diferencia con la dominante intención atea del cine europeo, que quiere mostrar a los creyentes (cristianos, insisto) como seres débiles e ignorantes. Los Domingos, por el contrario, ofrece al espectador dos opciones: la anticlerical de la tía de la protagonista y la religiosa de las monjas.
    La película de Ruíz de Azúa no pretende estar a la altura de las grandes películas espirituales/religiosas, como Hermano sol, hermana luna o La misión, pero sí plantea cuestiones a la altura, por ejemplo, de Jesús de Montreal.


    Y sin salir del arte, lo espiritual también está viviendo un renacimiento en la pintura, como es el caso del pintor español Andrés García Ibáñez


o el italiano Roberto Ferri.


    Un despertar que demuestra que el ser humano sigue buscando la trascendencia y que lo espiritual va recuperando su espacio. Sigamos, por lo tanto, ese despertar.


lunes, 28 de septiembre de 2026

El papa León XIV en Francia

      Cada visita que el papa León XIV realiza, no sé por qué, pero no deja a nadie indiferente. Ahora, el pontífice se encuentra en Francia, país al que ha dedicado menos días de estancia que a España, pero que se ha volcado igual. Si en su viaje a nuestro país el lema fue "Alza la mirada", en Francia está siendo: "Para que el mundo tenga vida". 
    Desde la recepción del presidente Macron en el aeropuerto de París, el país galo ha aclamado con honores e ilusión al papa León.


     Los analistas se sorprendían de la gran acogida de público en la ciudad de la luz al pontífice. Y es que esto demuestra que por muy laica que sea la república, Francia es y sigue siendo católica.


     Como en Madrid, el papa se ha reunido con diferentes asociaciones, colectivos, autoridades, etc. Ha denunciado problemas y situaciones actuales. León XIV ha entrado también en Notre Dame, siendo el primer papa que la visita desde la restauración tras el fatídico incendio.

Ha viajado también a Lourdes, donde ha rezado en la gruta, 


y actualmente está en Metz (en la región de Lorena, tan disputada en el pasado).
    Pero lo más destacado para mí de la visita del papa a Francia no ha sido solamente la enorme acogida de un país que vivió la masacre de religiosos y demás en la Vendée (a ver cuándo le dedico una entrada) con la locura revolucionaria, sino el grandioso espectáculo que ha ofrecido al pontífice. Se trata de un recorrido por la historia del cristianismo en Francia, que, aunque no está a la altura de la insuperable experiencia que nos ofreció la Sagrada Familia de Barcelona, ha sido impresionante. Y ha demostrado que Francia, cuando quiere, no realiza montajes horribles y woke como el que ofreció en la inauguración de los Juegos Olímpicos de 2024, sino grandiosos y con un gusto exquisito, al estilo de Italia (en la inauguración de los Juegos Olímpicos de Invierno, que ya comentamos aquí).
    El recorrido comenzó con el viaje de Lázaro y María Magdalena a las costas de Provenza. 


    Una historia que no es más que una leyenda, pero que dio lugar a la ciudad costera de Saintes Maries de la Mer, donde Van Gogh pintó algunos cuadros,


el culto a María Magdalena, cuyas reliquias se conservan, según la tradición, en Vezelay (Borgoña),


y su cueva en Sainte-Baume, también en Provenza.


    Culto a la santa que también generó todas las especulaciones (tardías todas ellas) que recogieron (y ampliaron) El código Da Vinci y otras obras. A la santa le acompañaba también Santa Marta (sigue habiendo confusión en si su hermana María era la Magdalena, pero yo soy de los que opinan que no), que dio lugar a la leyenda de la Tarasca: el monstruo que atemorizaba en la desembocadura del Ródano.


 También, de acuerdo siempre con la leyenda, le acompañaron María la de Santiago y María Salomé además de su sirvienta Sara, señalada como de raza negra por la tradición, y que dio lugar, a su vez, al culto sincrético de la misteriosa Santa Sara de los gitanos.


    Sincrético porque todo apunta a una cristianización, como en el caso de San Cornelio/Cernunnos, del culto a la diosa hindú Kali, país del que proviene el pueblo gitano.



    Más tarde, el espectáculo mostraba la predicación de los santos del siglo I: San Dionisio (Denis) en París, San Marcial en Limoges, etc.


 Predicación que trajo conversiones de los galorromanos y persecuciones a estos, representadas con toda la grandiosidad con cuádrigas romanas:



 Estas persecuciones trajeron consigo el martirio de muchos de aquellos fieles, representado por la joven que les entrega las palmas:



    A continuación, se mostraba cómo cambiaban las tornas: la caída de Roma daba lugar al reino de los francos, cuyo primer rey, Clodoveo, se convertía al catolicismo en Reims.


Desde entonces, los reyes de Francia fueron coronados allí (salvo algunas excepciones). 
    A continuación, se mostraba la Francia medieval, con los cánticos gregorianos de la orden de Cluny


y San Luis con las reliquias que trajo a París, entre ellas, la corona de espinas.



    Después, el momento más espectacular: la entrada de Juana de Arco y sus caballeros con los estandartes de la flor de lis, que volvían a ondear en Francia siglos después (en 1830 la bandera blanca con flores de lis dejó de ser oficial).


Este fue el momento que más aplausos generó y es, sin duda, el más bonito de la representación.


    Luego fue el turno de los santos franceses de la Edad Moderna: San Francisco de Sales, San Vicente de Paúl, etc.


A continuación, el siglo XIX, con las apariciones de Lourdes.


    Tema que ha estado presente en toda la visita del papa, pues allí, en el corazón santo de los Pirineos, una adolescente vestida como Santa Bernadette, la joven a quien la Virgen se apareció, cantó de forma muy emotiva ante el pontífice.



    Los santos franceses del siglo XIX hicieron su aparición en bici (puede que a algunos les parezca indecoroso, pero a mí me encantó), encabezados por Santa Teresa de Lisieux,


    e incluso en un coche antiguo. En este punto me recordó a recreaciones que vi de pequeño en algunas granjas del suroeste: la zona del Dordoña y alrededores.


    Finalmente, todos los santos y mártires avanzaron juntos hasta el centro y se desplegaron los fuegos artificiales con un coro y orquesta que, aunque no igualan lo de la Sagrada Familia, fueron espectaculares.


    Es muy posible que el sello de Puy Du Fou (el original de Francia, no la copia española...) estuviese presente en toda la representación. El caso es que los franceses llevan décadas realizando estas recreaciones, como pude comprobar en Carcasonne y otros lugares. Y son maestros.
    Doblemente emotivo cuando el papa agradeció la representación y dijo: "Vosotros sois los santos de Francia". Sí, los franceses han demostrado que cuando quieren pueden hacer cosas alucinantes y que la llama de la fe sigue viva en el país galo.




jueves, 24 de septiembre de 2026

El western crepuscular

  El género del western se divide en tres subgéneros: clásico, spaghetti y crepuscular. Este último es el más complejo, pero también muy interesante por las posibilidades que supone. El western crepuscular se define como una revisión del propio western. Es decir, no todos los personajes son héroes, al estilo clásico u homérico, ni al estilo radical e invencible del spaghetti. Hay perdedores, hay derrotas. Se trastoca, en algunos casos, la imagen del blanco civilizado y del indio salvaje, o los buenos y los malos en la guerra de secesión. Se presta atención a personajes poco tratados por los otros dos subgéneros, como las mujeres, los tramperos o los jugadores de cartas.
    Los expertos coinciden en que la primera película de western crepuscular es El hombre que mató a Liberty Valance (John Ford, 1962).


    No solo aparece por primera vez un antihéroe en el western, encarnado en el personaje de Ransom Stoddard, interpretado por James Stewart, sino que revisa el propio western en sí al plantear: ¿Puede alguien ser aclamado y llegar incluso a senador por haber matado a un forajido? ¿Es realmente Stoddard quien mató a Liberty Valance? Da la impresión de que los grandes héroes quedaran atrás y que el western comenzase a morir. Al menos, el que se había conocido hasta entonces.
    Ford nunca aceptó esa etiqueta para su película, aunque está claro que El hombre que mató a Liberty Valance supone un corte respecto a sus anteriores films. 
    El verdadero impacto que haría disparar el western crepuscular fue Soldado Azul (Ralph Nelson, 1970). Por primera vez, los indios aparecían como víctimas de la caballería americana en la matanza de Sand Creek, de la que ya hablamos aquí.


    Soldado Azul estaba influida por las ideas de los movimientos sociales y la cultura popular de finales de los 60 y principios de los 70, incluidos los hippies, la oposición a la guerra de Vietnam, etc. Dichos movimientos comenzaron a ver en los indios un referente de poblaciones y etnias oprimidas por el "imperialismo". Lástima que esa mirada derivase en la locura woke décadas después...
    Un año antes de Soldado Azul, Sam Peckinpah había impresionado ya al público con Grupo salvaje. 


    Aunque la idea de los forajidos que colaboran con los revolucionarios mexicanos al sur de la frontera ya había sido tocado por el spaghetti, como en Yo soy la revolución (Damiano Damiani, 1967), Peckinpah presentó claramente el argumento como la muerte del propio western. La aparición de automóviles y ametralladoras son lo más representativo de esa imagen.
    Peckinpah volvió a tratar esta imagen en La balada de Cable Hogue (1970). El protagonista, un antihéroe de nuevo, encuentra un pozo en el desierto e instala una posta para las diligencias, con la que va prosperando.


    Cable envejece, ve pasar los años, aparecer los automóviles y, con ellos, desaparecer el western.
    También George Hill revisó el western con una obra que sería esencial para el subgénero crepuscular y para el cine en general: Dos hombres y un destino (1969).


    El tratamiento de Butch Cassidy y Sundance Kid, forajidos de leyenda, acompañado de la música de Burt Bacharach (Raindrops Keep Fallin' on My Head) marcaron una época.
    El revisionismo crítico, social, y a veces fatalista, que dominó buena parte de los años 70 hace que no resulte extraño que el western crepuscular proliferase en esa década. Siguiendo la estela de Soldado Azul, Un hombre llamado caballo venía también a revisar el western.


    La historia de un aristócrata inglés (Richard Harris) que es capturado por los indios, incluida la famosa escena de la danza del sol, vino a acercar a los pieles rojas a los fans del western con otros ojos. El interés por las tribus norteamericanas se disparó.
    Un año después, Harris protagonizó El hombre de una tierra salvaje (Richard C. Sarafian, 1971). En ella, un trampero de una compañía de pieles en Missouri dirigida por el capitán Henry (John Huston) que es abandonado por sus compañeros tras ser atacado por un oso.


    El trampero deberá sobrevivir en un mundo hostil. La naturaleza como un personaje más, así como el papel de los indios como "observadores", supusieron una innovación en esta película rodada en el noroeste de la provincia de Soria.
    En 1972, Sydney Pollack presentaba la historia de otro trampero: Las aventuras de Jeremiah Johnson.



    De nuevo, la naturaleza juega el papel primordial, en la línea de la conexión con esta. Recordemos que esta película fue la inspiración para Buddy Longway, otro ejemplo de western crepuscular.


    La puerta abierta por estas tres películas dio lugar a otros films, con mejor o peor acogida, como Eagle's Wing (Anthony Harvey, 1979), El valle de la furia o Tierra Sagrada (Charles B. Pierce, 1983)


    En los 90, el regreso del western trajo también una mezcla de los tres subgéneros. Y todas aquellas películas partieron, como ya indicamos, de Bailando con lobos.


    Con menos presupuesto que el film de Costner, Esta es nuestra tierra, miniserie de 1991, presentaba por primera vez a Custer como un loco sanguinario y a Caballo Loco como el mártir de la causa india.



    Tras la "restauración" del western en los 90, el subgénero crepuscular ha resurgido en varias ocasiones, como en Desapariciones (Ron Howard, 2003),


Hostiles (Scott Cooper, 2017),


o en Noticias del gran mundo (Paul Greengrass, 2020).



        De una manera o de otra, el western crepuscular aportó y aporta elementos muy a tener en cuenta en este género que tanto amamos.