Cada visita que el papa León XIV realiza, no sé por qué, pero no deja a nadie indiferente. Ahora, el pontífice se encuentra en Francia, país al que ha dedicado menos días de estancia que a España, pero que se ha volcado igual. Si en su viaje a nuestro país el lema fue "Alza la mirada", en Francia está siendo: "Para que el mundo tenga vida".
Desde la recepción del presidente Macron en el aeropuerto de París, el país galo ha aclamado con honores e ilusión al papa León.
Los analistas se sorprendían de la gran acogida de público en la ciudad de la luz al pontífice. Y es que esto demuestra que por muy laica que sea la república, Francia es y sigue siendo católica.
Como en Madrid, el papa se ha reunido con diferentes asociaciones, colectivos, autoridades, etc. Ha denunciado problemas y situaciones actuales. León XIV ha entrado también en Notre Dame, siendo el primer papa que la visita desde la restauración tras el fatídico incendio.
Ha viajado también a Lourdes, donde ha rezado en la gruta,
y actualmente está en Metz (en la región de Lorena, tan disputada en el pasado).
Pero lo más destacado para mí de la visita del papa a Francia no ha sido solamente la enorme acogida de un país que vivió la masacre de religiosos y demás en la Vendée (a ver cuándo le dedico una entrada) con la locura revolucionaria, sino el grandioso espectáculo que ha ofrecido al pontífice. Se trata de un recorrido por la historia del cristianismo en Francia, que, aunque no está a la altura de la insuperable experiencia que nos ofreció la Sagrada Familia de Barcelona, ha sido impresionante. Y ha demostrado que Francia, cuando quiere, no realiza montajes horribles y woke como el que ofreció en la inauguración de los Juegos Olímpicos de 2024, sino grandiosos y con un gusto exquisito, al estilo de Italia (en la inauguración de los Juegos Olímpicos de Invierno, que ya comentamos aquí). El recorrido comenzó con el viaje de Lázaro y María Magdalena a las costas de Provenza.
Una historia que no es más que una leyenda, pero que dio lugar a la ciudad costera de Saintes Maries de la Mer, donde Van Gogh pintó algunos cuadros,
el culto a María Magdalena, cuyas reliquias se conservan, según la tradición, en Vezelay (Borgoña),
y su cueva en Sainte-Baume, también en Provenza.
Culto a la santa que también generó todas las especulaciones (tardías todas ellas) que recogieron (y ampliaron) El código Da Vinci y otras obras. A la santa le acompañaba también Santa Marta (sigue habiendo confusión en si su hermana María era la Magdalena, pero yo soy de los que opinan que no), que dio lugar a la leyenda de la Tarasca: el monstruo que atemorizaba en la desembocadura del Ródano.
También, de acuerdo siempre con la leyenda, le acompañaron
María la de Santiago y María Salomé además de su sirvienta Sara, señalada como de raza negra por la tradición, y que dio lugar, a su vez, al culto sincrético de la misteriosa
Santa Sara de los gitanos.
Sincrético porque todo apunta a una cristianización, como en el caso de
San Cornelio/Cernunnos, del culto a la diosa hindú
Kali, país del que proviene el pueblo gitano.
Más tarde, el espectáculo mostraba la predicación de los santos del siglo I: San Dionisio (Denis) en París, San Marcial en Limoges, etc.
Predicación que trajo conversiones de los galorromanos y persecuciones a estos, representadas con toda la grandiosidad con cuádrigas romanas:
Estas persecuciones trajeron consigo el martirio de muchos de aquellos fieles, representado por la joven que les entrega las palmas:
A continuación, se mostraba cómo cambiaban las tornas: la caída de Roma daba lugar al reino de los francos, cuyo primer rey,
Clodoveo, se convertía al catolicismo en
Reims.
Desde entonces, los reyes de Francia fueron coronados allí (salvo algunas excepciones).
A continuación, se mostraba la Francia medieval, con los cánticos gregorianos de la orden de Cluny
y San Luis con las reliquias que trajo a París, entre ellas, la corona de espinas.
Después, el momento más espectacular: la entrada de Juana de Arco y sus caballeros con los estandartes de la flor de lis, que volvían a ondear en Francia siglos después (en 1830 la bandera blanca con flores de lis dejó de ser oficial).
Este fue el momento que más aplausos generó y es, sin duda, el más bonito de la representación.
Luego fue el turno de los santos franceses de la Edad Moderna: San Francisco de Sales, San Vicente de Paúl, etc.
A continuación, el siglo XIX, con las apariciones de Lourdes.
Tema que ha estado presente en toda la visita del papa, pues allí, en el corazón santo de los Pirineos, una adolescente vestida como Santa Bernadette, la joven a quien la Virgen se apareció, cantó de forma muy emotiva ante el pontífice.
Los santos franceses del siglo XIX hicieron su aparición en bici (puede que a algunos les parezca indecoroso, pero a mí me encantó), encabezados por Santa Teresa de Lisieux,
e incluso en un coche antiguo. En este punto me recordó a recreaciones que vi de pequeño en algunas granjas del suroeste: la zona del Dordoña y alrededores.
Finalmente, todos los santos y mártires avanzaron juntos hasta el centro y se desplegaron los fuegos artificiales con un coro y orquesta que, aunque no igualan lo de la Sagrada Familia, fueron espectaculares.
Es muy posible que el sello de Puy Du Fou (el original de Francia, no la copia española...) estuviese presente en toda la representación. El caso es que los franceses llevan décadas realizando estas recreaciones, como pude comprobar en Carcasonne y otros lugares. Y son maestros.
Doblemente emotivo cuando el papa agradeció la representación y dijo: "Vosotros sois los santos de Francia". Sí, los franceses han demostrado que cuando quieren pueden hacer cosas alucinantes y que la llama de la fe sigue viva en el país galo.