lunes, 28 de septiembre de 2026

El papa León XIV en Francia

      Cada visita que el papa León XIV realiza, no sé por qué, pero no deja a nadie indiferente. Ahora, el pontífice se encuentra en Francia, país al que ha dedicado menos días de estancia que a España, pero que se ha volcado igual. Si en su viaje a nuestro país el lema fue "Alza la mirada", en Francia está siendo: "Para que el mundo tenga vida". 
    Desde la recepción del presidente Macron en el aeropuerto de París, el país galo ha aclamado con honores e ilusión al papa León.


     Los analistas se sorprendían de la gran acogida de público en la ciudad de la luz al pontífice. Y es que esto demuestra que por muy laica que sea la república, Francia es y sigue siendo católica.


     Como en Madrid, el papa se ha reunido con diferentes asociaciones, colectivos, autoridades, etc. Ha denunciado problemas y situaciones actuales. León XIV ha entrado también en Notre Dame, siendo el primer papa que la visita desde la restauración tras el fatídico incendio.

Ha viajado también a Lourdes, donde ha rezado en la gruta, 


y actualmente está en Metz (en la región de Lorena, tan disputada en el pasado).
    Pero lo más destacado para mí de la visita del papa a Francia no ha sido solamente la enorme acogida de un país que vivió la masacre de religiosos y demás en la Vendée (a ver cuándo le dedico una entrada) con la locura revolucionaria, sino el grandioso espectáculo que ha ofrecido al pontífice. Se trata de un recorrido por la historia del cristianismo en Francia, que, aunque no está a la altura de la insuperable experiencia que nos ofreció la Sagrada Familia de Barcelona, ha sido impresionante. Y ha demostrado que Francia, cuando quiere, no realiza montajes horribles y woke como el que ofreció en la inauguración de los Juegos Olímpicos de 2024, sino grandiosos y con un gusto exquisito, al estilo de Italia (en la inauguración de los Juegos Olímpicos de Invierno, que ya comentamos aquí).
    El recorrido comenzó con el viaje de Lázaro y María Magdalena a las costas de Provenza. 


    Una historia que no es más que una leyenda, pero que dio lugar a la ciudad costera de Saintes Maries de la Mer, donde Van Gogh pintó algunos cuadros,


el culto a María Magdalena, cuyas reliquias se conservan, según la tradición, en Vezelay (Borgoña),


y su cueva en Sainte-Baume, también en Provenza.


    Culto a la santa que también generó todas las especulaciones (tardías todas ellas) que recogieron (y ampliaron) El código Da Vinci y otras obras. A la santa le acompañaba también Santa Marta (sigue habiendo confusión en si su hermana María era la Magdalena, pero yo soy de los que opinan que no), que dio lugar a la leyenda de la Tarasca: el monstruo que atemorizaba en la desembocadura del Ródano.


 También, de acuerdo siempre con la leyenda, le acompañaron María la de Santiago y María Salomé además de su sirvienta Sara, señalada como de raza negra por la tradición, y que dio lugar, a su vez, al culto sincrético de la misteriosa Santa Sara de los gitanos.


    Sincrético porque todo apunta a una cristianización, como en el caso de San Cornelio/Cernunnos, del culto a la diosa hindú Kali, país del que proviene el pueblo gitano.



    Más tarde, el espectáculo mostraba la predicación de los santos del siglo I: San Dionisio (Denis) en París, San Marcial en Limoges, etc.


 Predicación que trajo conversiones de los galorromanos y persecuciones a estos, representadas con toda la grandiosidad con cuádrigas romanas:



 Estas persecuciones trajeron consigo el martirio de muchos de aquellos fieles, representado por la joven que les entrega las palmas:



    A continuación, se mostraba cómo cambiaban las tornas: la caída de Roma daba lugar al reino de los francos, cuyo primer rey, Clodoveo, se convertía al catolicismo en Reims.


Desde entonces, los reyes de Francia fueron coronados allí (salvo algunas excepciones). 
    A continuación, se mostraba la Francia medieval, con los cánticos gregorianos de la orden de Cluny


y San Luis con las reliquias que trajo a París, entre ellas, la corona de espinas.



    Después, el momento más espectacular: la entrada de Juana de Arco y sus caballeros con los estandartes de la flor de lis, que volvían a ondear en Francia siglos después (en 1830 la bandera blanca con flores de lis dejó de ser oficial).


Este fue el momento que más aplausos generó y es, sin duda, el más bonito de la representación.


    Luego fue el turno de los santos franceses de la Edad Moderna: San Francisco de Sales, San Vicente de Paúl, etc.


A continuación, el siglo XIX, con las apariciones de Lourdes.


    Tema que ha estado presente en toda la visita del papa, pues allí, en el corazón santo de los Pirineos, una adolescente vestida como Santa Bernadette, la joven a quien la Virgen se apareció, cantó de forma muy emotiva ante el pontífice.



    Los santos franceses del siglo XIX hicieron su aparición en bici (puede que a algunos les parezca indecoroso, pero a mí me encantó), encabezados por Santa Teresa de Lisieux,


    e incluso en un coche antiguo. En este punto me recordó a recreaciones que vi de pequeño en algunas granjas del suroeste: la zona del Dordoña y alrededores.


    Finalmente, todos los santos y mártires avanzaron juntos hasta el centro y se desplegaron los fuegos artificiales con un coro y orquesta que, aunque no igualan lo de la Sagrada Familia, fueron espectaculares.


    Es muy posible que el sello de Puy Du Fou (el original de Francia, no la copia española...) estuviese presente en toda la representación. El caso es que los franceses llevan décadas realizando estas recreaciones, como pude comprobar en Carcasonne y otros lugares. Y son maestros.
    Doblemente emotivo cuando el papa agradeció la representación y dijo: "Vosotros sois los santos de Francia". Sí, los franceses han demostrado que cuando quieren pueden hacer cosas alucinantes y que la llama de la fe sigue viva en el país galo.




jueves, 24 de septiembre de 2026

El western crepuscular

  El género del western se divide en tres subgéneros: clásico, spaghetti y crepuscular. Este último es el más complejo, pero también muy interesante por las posibilidades que supone. El western crepuscular se define como una revisión del propio western. Es decir, no todos los personajes son héroes, al estilo clásico u homérico, ni al estilo radical e invencible del spaghetti. Hay perdedores, hay derrotas. Se trastoca, en algunos casos, la imagen del blanco civilizado y del indio salvaje, o los buenos y los malos en la guerra de secesión. Se presta atención a personajes poco tratados por los otros dos subgéneros, como las mujeres, los tramperos o los jugadores de cartas.
    Los expertos coinciden en que la primera película de western crepuscular es El hombre que mató a Liberty Valance (John Ford, 1962).


    No solo aparece por primera vez un antihéroe en el western, encarnado en el personaje de Ransom Stoddard, interpretado por James Stewart, sino que revisa el propio western en sí al plantear: ¿Puede alguien ser aclamado y llegar incluso a senador por haber matado a un forajido? ¿Es realmente Stoddard quien mató a Liberty Valance? Da la impresión de que los grandes héroes quedaran atrás y que el western comenzase a morir. Al menos, el que se había conocido hasta entonces.
    Ford nunca aceptó esa etiqueta para su película, aunque está claro que El hombre que mató a Liberty Valance supone un corte respecto a sus anteriores films. 
    El verdadero impacto que haría disparar el western crepuscular fue Soldado Azul (Ralph Nelson, 1970). Por primera vez, los indios aparecían como víctimas de la caballería americana en la matanza de Sand Creek, de la que ya hablamos aquí.


    Soldado Azul estaba influida por las ideas de los movimientos sociales y la cultura popular de finales de los 60 y principios de los 70, incluidos los hippies, la oposición a la guerra de Vietnam, etc. Dichos movimientos comenzaron a ver en los indios un referente de poblaciones y etnias oprimidas por el "imperialismo". Lástima que esa mirada derivase en la locura woke décadas después...
    Un año antes de Soldado Azul, Sam Peckinpah había impresionado ya al público con Grupo salvaje. 


    Aunque la idea de los forajidos que colaboran con los revolucionarios mexicanos al sur de la frontera ya había sido tocado por el spaghetti, como en Yo soy la revolución (Damiano Damiani, 1967), Peckinpah presentó claramente el argumento como la muerte del propio western. La aparición de automóviles y ametralladoras son lo más representativo de esa imagen.
    Peckinpah volvió a tratar esta imagen en La balada de Cable Hogue (1970). El protagonista, un antihéroe de nuevo, encuentra un pozo en el desierto e instala una posta para las diligencias, con la que va prosperando.


    Cable envejece, ve pasar los años, aparecer los automóviles y, con ellos, desaparecer el western.
    También George Hill revisó el western con una obra que sería esencial para el subgénero crepuscular y para el cine en general: Dos hombres y un destino (1969).


    El tratamiento de Butch Cassidy y Sundance Kid, forajidos de leyenda, acompañado de la música de Burt Bacharach (Raindrops Keep Fallin' on My Head) marcaron una época.
    El revisionismo crítico, social, y a veces fatalista, que dominó buena parte de los años 70 hace que no resulte extraño que el western crepuscular proliferase en esa década. Siguiendo la estela de Soldado Azul, Un hombre llamado caballo venía también a revisar el western.


    La historia de un aristócrata inglés (Richard Harris) que es capturado por los indios, incluida la famosa escena de la danza del sol, vino a acercar a los pieles rojas a los fans del western con otros ojos. El interés por las tribus norteamericanas se disparó.
    Un año después, Harris protagonizó El hombre de una tierra salvaje (Richard C. Sarafian, 1971). En ella, un trampero de una compañía de pieles en Missouri dirigida por el capitán Henry (John Huston) que es abandonado por sus compañeros tras ser atacado por un oso.


    El trampero deberá sobrevivir en un mundo hostil. La naturaleza como un personaje más, así como el papel de los indios como "observadores", supusieron una innovación en esta película rodada en el noroeste de la provincia de Soria.
    En 1972, Sydney Pollack presentaba la historia de otro trampero: Las aventuras de Jeremiah Johnson.



    De nuevo, la naturaleza juega el papel primordial, en la línea de la conexión con esta. Recordemos que esta película fue la inspiración para Buddy Longway, otro ejemplo de western crepuscular.


    La puerta abierta por estas tres películas dio lugar a otros films, con mejor o peor acogida, como Eagle's Wing (Anthony Harvey, 1979), El valle de la furia o Tierra Sagrada (Charles B. Pierce, 1983)


    En los 90, el regreso del western trajo también una mezcla de los tres subgéneros. Y todas aquellas películas partieron, como ya indicamos, de Bailando con lobos.


    Con menos presupuesto que el film de Costner, Esta es nuestra tierra, miniserie de 1991, presentaba por primera vez a Custer como un loco sanguinario y a Caballo Loco como el mártir de la causa india.



    Tras la "restauración" del western en los 90, el subgénero crepuscular ha resurgido en varias ocasiones, como en Desapariciones (Ron Howard, 2003),


Hostiles (Scott Cooper, 2017),


o en Noticias del gran mundo (Paul Greengrass, 2020).



        De una manera o de otra, el western crepuscular aportó y aporta elementos muy a tener en cuenta en este género que tanto amamos.

miércoles, 23 de septiembre de 2026

A la búsqueda de Jesús: ¿De dónde eres tú?

   La figura de Jesús está rodeada de misterio, sin duda. Uno de ellos es ¿por qué tienen interés ciertos personajes en saber de dónde es?
    En el evangelio de San Juan se dice que Andrés y otro discípulo desconocido (posiblemente Juan) fueron los primeros en seguirle (a diferencia de los evangelios sinópticos, que señalan que fueron Pedro y Andrés). Ambos le preguntan a Jesús:
-Maestro ¿dónde vives?


    En ese mismo evangelio, el apóstol Felipe le cuenta a su amigo Natanael (identificado con el apóstol  Bartolomé) que va a seguir a Jesús y le anima a hacer lo mismo. Natanael desea saber más:
-¿De Nazaret puede salir algo bueno?

    La misma obsesión por el origen del nazareno reaparece en el interrogatorio de Pilato (el más inquietante de los cuatro evangelios). El prefecto le pregunta a Jesús:
-¿De dónde eres tú?


    Los miembros del Sanedrín ya le han dicho a Pilato que Jesús es de Galilea ¿Por qué entonces realiza esa pregunta? Teniendo en cuenta la naturaleza mística y casi protognóstica del evangelio de San Juan, el prefecto va más allá: ¿Quién es realmente ese predicador galileo? ¿Es realmente un ser divino?
    El interés por el origen parece ser algo persistente en la Edad Antigua. Y, tal como demuestran otros elementos y tradiciones posteriores a los evangelios, parece que pervivió. Es el caso del villancico del Niño Perdido que resulta ser Jesús:

Madre a la puerta hay un niño
más hermoso que el sol bello
y dice que tiene frío
porque viene casi en cueros.
Anda dile que entre
y se calentará
porque en este mundo
ya no hay caridad.
Entra el niño y se calienta
y después de calentado
le pregunta la patrona
de qué patria es su reinado.
Y el niño contesta:
Yo soy de Belén,
mi padre es del cielo,
mi madre también.



 En otras versiones, la patrona pregunta: "¿De qué tierra y de qué patria?". Quizá todo ello no sea más que un reflejo de ese propio misterio que rodea al nazareno.



Cuando llega el otoño

 ¿Qué puedo decir que no haya dicho ya de aquellos tiempos felices, en los que quedaba esperanza, de esas tardes, esas carreteras de Lubia, esa entrañable espera? Realmente, es inabarcable hablar de todo ello, porque ¿cómo abarcar todas las sensaciones, impresiones, recuerdos de un niño? Y no solo eso. Hay muchas imágenes y escenas que relaciono con todo ello, aun no habiéndolas visto ni vivido, como Nina y su Nacida para amar.


    O Pernilla Wahlgren con su C'est demon, en el que unos dibujos animados se colaban y yo los relaciono directamente con la Navidad. Cuando la noche ha caído ya sobre el barrio de San Pedro, en la vieja ciudad del Duero.


    Y así, mientras el frío quedaba fuera, dentro de las casas, en familia, con esa luz que indicaba nuestra ilusión, de manera que inconscientemente recreábamos esos momentos navideños imperecederos de estampa




    Cuando comencé a rescatar y poner sobre la mesa estos momentos el año pasado un enorme reto se venía sobre mí. Los retos persisten y, precisamente por ello, me hacen volver la vista atrás, a aquellos años sin preocupaciones. Para así poder mirar al frente y poder decir que todo aquello pervive, como una motivación. Porque eso es lo que es.
    La entrañable espera parte ya de septiembre, con la canción de Calendar Girl que me animó el primer mes en Valdeluz, antes de darme cuenta de que sí me gustaba ser tutor de mi 2ºA, antes del milagro del 16 de octubre de 2023 cuando dejé de serlo por unos segundos, pero volví junto a vosotros. Pues todo estaba escrito.


    El caso es que Calendar Girl me habla de esa entrañable espera (vamos, que ese calendario de la canción se reduce a cuatro meses). Y esa entrañable espera trae las hojas cayendo en el otoño, esos puentes del Pilar y de Todos los Santos, de las canciones de Enya, especialmente Afer Ventus, Book of Days y Evening Falls;


    No solo son voces etéreas que transmiten esa espiritualidad tan perdida hoy (la propia Enya se define como tremendamente espiritual), sino que transmiten esa idea de eternidad. Sensaciones que están unidas al otoño y a las imágenes imperecederas de este, como el monasterio en ruinas de Bonaval.


    Y así, cuando llega el otoño, en medio de tantos retos, sigo mirando a mi rincón de luz, en ese largo paréntesis entre el verano y la Navidad, a la entrañable espera de esta, con tantos recuerdos.