lunes, 26 de octubre de 2026

Mis películas de terror

  Ya comenté el año pasado mi relación de amor-odio con el género de terror en el pasado. Era normal siendo yo un niño, pero, al mismo tiempo, los escenarios nocturnos siempre me atraparon y forjaron esa relación. Es decir, un camino solitario de noche daba pie a encontrarse con aparecidos o cualquier atacante, pero, al mismo tiempo, la intriga de qué podía sugerir esta ahí. Una casa encantada (en la ficción, obviamente) era una imagen terrorífica, pero, al mismo tiempo, la intriga del misterio que podría ocultar. Por otro lado, aun siendo un tema para adultos, el terror se ha introducido en el mundo infantil de forma adaptada y, a menudo, como parodia. No solo en Halloween, sino en libros. Mis primeros contactos con esa forma de terror, al igual que muchos otros niños de mi generación, fue a través de la televisión, con series como Draculín,


Bitelchús, 


o películas como Casper


o La familia Addams.



Sin olvidar la canción de Miércoles de Bom Bom Chip.


Al principio de la adolescencia, cuando ya podíamos acceder al cine de terror, comencé con una obra maestra del género, con la que otros se iniciaron también: Al final de la escalera (Peter Medak, 1980).


    La historia de un músico viudo (George C. Scott) que es contactado por el espíritu de un niño en una casa antigua para cobrar su venganza marcó un hito en el cine de terror. Ofreció una serie de componentes (el espíritu contactando a través de ruidos, apariciones, incluida la famosa pelota; sesión de espiritismo, psicofonías...) que influyeron de manera decisiva en películas posteriores. 
    Películas como Los otros (Alejandro Amenábar, 2001), otra imprescindible para mí, que supo combinar lo mejor del género (incluida la atmósfera, tema del que ya hablamos en Suspiria) con la originalidad de la escena final.


    Pero antes de todas ellas, Hitchcock ya había marcado un antes y un después con Psicosis.


    La casa en la colina (heredera de Edward Hopper), el motel de carreteras, Norman Bates... y su madre, la escena de la ducha, inauguraron una nueva era para el género de terror. Toda una generación de cineastas, los llamados Movie Brats (Spielberg, Brian de Palma, Scorsese, Lucas y Francis F. Coppolla), se forjó a partir de Psicosis y, en general, el cine de Hitchcock.
    Motivación que llevó a De Palma a adaptar la novela de Stephen King, Carrie.


    El terror que debía de provocar la venganza telequinética de Carrie lo aportó, por el contrario, todo cuanto rodea al personaje de la madre: el fundamentalismo religioso, la casa y la estética asfixiante católica, etc. Al mismo tiempo, su denuncia del bullying es, todavía a día de hoy (huyamos de los remakes), una de las más trascendentes y significativas.
    Pero, ya antes de Carrie, llegué a las adaptaciones de King a través de El resplandor.


    El gran hito del terror psicológico, con el escenario insuperable del hotel en la nieve de Colorado, además de las (discutibles) referencias al genocidio contra los indios norteamericanos, supone otro pilar imprescindible del género.
    Las últimas décadas, por el contrario, no han dejado títulos a la misma altura. La era que inauguró Halloween (John Carpenter, 1978) con el subgénero del slasher se ha explotado, por desgracia, hasta la saciedad con Scream, Saw, y sus secuelas. La repetición de fórmulas planteadas en el siglo XX o ya en el XXI ha caracterizado la producción de películas como Insidious (James Wan, 2010), Paranormal Activity (Oren Peli, 2007), REC (Jaume Balagueró y Paco Plaza, 2007), Mamá (Guillermo del Toro, 2013), Hereditary (Ari Aster, 2018) o Nunca apagues la luz (David F. Sandberg, 2016), con mayor o menor fortuna.
    Pero si tengo que elegir obras de estas dos últimas décadas, me quedo con la serie La maldición de Hill House


y con Barbarian (Zach Cregger, 2022).





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