A principios de los 90 la vida era así: llena de luz, llena de color. Era un bosque, un río, lluvia, viento y sol. Así nos lo mostraba Érase una vez el cuerpo humano a la hora de comer.
Cuando nuestras inquietudes era jugar a los toros en el recreo, en la casa de Emilio; qué comeríamos para merendar y qué veríamos mientras tanto en la tele. En esas tardes interminables, donde había gigantes sin corazón, grifones o princesas disfrazadas de criadas.
Así que en esas tardes, pasear hasta el Pino era encontrarse, con la imaginación, con aquellos personajes, con aquellos escenarios ¡Cómo persiste todavía al caer la tarde la casa de la bruja de David el gnomo en el bosque, con el interior iluminado, y la música misteriosa que la acompañaba!

La capítulo empezaba con una misteriosa frase del narrador (el gran Teófilo Martínez): “En el bosque suceden cosas fantásticas, bueno, para vosotros, los hombres, que arrastráis vuestra rutina cotidiana, pero para nosotros, los habitantes del bosque, habituados a este tipo de maravillas, son más bien normales”. El gato de la bruja, que se ausenta, se impacienta y sale al bosque. Tiene la mala fortuna de caer en la trampa de la entrada de la casa de David. Lo liberan, pero nadie se pregunta de dónde viene. De regreso a su casa lo encuentra su dueña. Ella ríe y anota la última frase en un libro en cuya cubierta aparece escrito Caperucita Roja. En ningún momento se explica quién es esa bruja y por qué es el único personaje de toda la serie que no mantiene ningún tipo de relación con los protagonistas.
La serie lograba fomentar esa sensación de misterio, y, al mismo tiempo, al nivel de los cuentos clásicos, como en la enumeración de los seres fantásticos del bosque:
“Según vuestras leyendas, en el bosque existen otros seres. Son los que llamáis crepusculares o nocturnos. Entre ellos están los elfos, los trasgos, los fantasmas, los enanos (¡no los confundáis con los gnomos, por favor!), los espíritus de los bosques, las ninfas de los ríos, los espíritus de las montañas, los ulglars, los hechiceros, las brujas, los hombres-lobo, los terribles espíritus del fuego y las hadas. La mayoría de ellos son fruto de leyendas y cuentos populares, pero los que realmente existen y nos crean problemas desde el soleado sur de Europa hasta las más apartadas regiones del norte son los trolls. Esos sí que existen”.
En otro capítulo titulado El papamoscas, David viaja a una ciudad de noche para salvar
a un papamoscas que ha sido raptado por un pajarero. Con la ayuda de un cuervo
y unos cobayas logra entrar de noche en la pajarería y salvar no solo al
papamoscas sino a todos los pájaros. El pajarero no logra detenerles con su
escopeta y termina cargándose el cristal de su propia tienda. Esa escena, las
farolas y las oscuras calles se grabaron en mi subconsciente.
Por eso, pasear por la plaza de Taracena era ver inconscientemente esas calles.
De la misma manera, los pasillos de la colmena de los avispones de La abeja Maya eran los pasillos y porches del colegio.
"Por cierto, soy Alix, el poeta: ¡Ah, nuestras vidas se desvanecerán como el rocío de la mañana bajo los rayos del sol!"
Y cualquier castillo que visitara era el de Tir Asleen de Willow:
Castillo donde aparecen los trolls (si aparecían también en David el gnomo ¿cómo no pensar que todo formaba parte de un mismo universo?) y el terrible dragón de dos cabezas:
¡Un pequeño emigrante!
¿Y no era un largo camino la carretera en El retorno de Dartacán, donde el señor de Blancbec tomaba como impostor el lugar de su hermano el rey Luis XIII?
Pero el farolillo de luciérnagas del porche de David me decía también: por muy lejanas que sean las aventuras, la luz espera en casa.
Todo podía ocurrir en una sola tarde, cuando todos los caminos llevaban a casa.
No hay comentarios:
Publicar un comentario