No solo se dan los ingredientes para rememorar el glorioso mundial de 2010 por el actual mundial, sino que de por sí estamos en un mundial y la nostalgia me invade.
Parece que fue ayer cuando Casillas, el capitán, levantaba la ansiada copa del mundo aquel 11 de julio. Un sueño alcanzado al fin. Pero que costó lo suyo, no solo un mes, sino dos años.
Porque todo se remonta a la Eurocopa de 2008, celebrada en Austria y Suiza. Y la clave está en un nombre: Luis Aragonés.
El fracaso del mundial de 2006 ante Francia nos alejaba una vez más de la ansiada copa y suponía una reflexión para el seleccionador nacional. Pero Aragonés apostó por figuras clave: Casillas, David Villa, Iniesta, Xabi Alonso, Xavi Hernández, Cesc Fábregas, Fernando Torres, Sergio Ramos, Santi Cazorla, Puyol, Arbeloa... Nombres que son ya historia del fútbol. Y así, llegamos a cuartos, la terrible eliminatoria que actuaba como "maleficio" en el fútbol español. No era para menos. España no había ganado una Eurocopa desde 1964. Recuerdo los muñecos del guiñol de Canal + hicieron una parodia de la canción Amo a Laura (que ya era de por sí una parodia) en la que Aragonés y algunos futbolistas salían cantando: "Amo a España, pero esperaré hasta cuartos".
Era 22 de junio. El verano de primero de carrera. Me habían quedado dos asignaturas para septiembre, ambas de prehistoria. Las miradas estaban puestas en el estadio Ernst Happel de Viena. España se enfrentaba a Italia. Un 0-0 nos llevó a la prórroga y luego a los temidos penaltis. Villa, el gran goleador de la Eurocopa, marcaba el primero. Casillas había de medirse contra Gianluigi Buffon, el guardameta italiano.
Y San Iker lo dio todo: paró dos penaltis de Italia, lo que supuso automáticamente la victoria española. Todavía recuerdo con emoción cómo los jugadores corrieron extasiados por el campo.
El rey Juan Carlos I, que se encontraba en el palco, declaró a la prensa: "Hemos roto el maleficio". Y así era. Desde aquel momento, la historia del fútbol español cambió para siempre. Y fue imparable. El 26 de junio llegaba la victoria española ante Rusia en semifinales. Y así, llegamos a la final. La pregunta era: ¿lo de cuartos era pura suerte y ahora caeríamos en la final ante Alemania? Aragonés había puesto toda la carne en el asador. Y Torres, alias "el Niño", conseguía el gol de la victoria en un momento épico: pasando por encima del portero alemán.
España lo había conseguido. Su segunda Eurocopa, su primer título después de 44 años. La euforia llevó a muchas cosas, entre ellas, otra cuestión: ¿seríamos capaces de hacer lo mismo en el mundial de 2010, celebrado en Sudáfrica? Aragonés se retiró en 2009 y fue sustituido por otra pieza clave en toda esta historia: Vicente del Bosque.
El entrenador salmantino que consiguió la novena Champions para el Madrid (2002) era el elegido por la Real Federación Española de Fútbol para retomar la obra conseguida por Aragonés. Una enorme responsabilidad. Como un nuevo Juan de Austria en Flandes.
Junio de 2010. Me libraba de la terrible Historia Contemporánea y, así, por segundo año consecutivo, me salvaba de septiembre. Con esta tranquilidad y muchos cómics por leer, mi mirada y la de toda España estaba puesta en Sudáfrica. A ritmo de vuvuzelas y del Waka-waka de Shakira comenzaba el mundial en el país africano con todas las esperanzas puestas en la Roja.
Y comenzaba de la peor manera posible: perdiendo ante Suiza (16 de junio).
La derrota cayó como un jarró de agua fría sobre las esperanzas de la campeona de Europa, la selección que había cambiado el curso de la historia del fútbol español. Pero el siguiente partido contra Honduras (21 de junio) fue el resurgir con un 2-0: la esperanza estaba recobrada.
Aquellos días el grito era: "¡Vicente, saca a Llorente!". Pero no, Del Bosque no sacó a Fernando Llorente.
Más tarde, España ganaba frente a Chile con un 1-2 (25 de junio). Ya teníamos el pasaporte a octavos. Pero nos tocó uno de los rivales más peligrosos: el Portugal de Cristiano Ronaldo. Muchos fuimos los que nos dejamos contagiar por el derrotismo (tan español) que se respiraba en el aire al enterarnos.
Pero la gloria que acompañaba a la Roja se hizo notar el 29 de junio: España ganó a Portugal 1-0 con gol de Villa. Tal era la euforia y la ilusión de pensar y decir "¡Sí es posible esta vez!" que la noticia de enfrentarnos a Paraguay en cuartos (el cual nos derrotó en la fase de grupos del mundial de 1998, el primero que seguí) no nos llevó a acordarnos del maleficio: ya estaba roto. Y Paraguay no era una rival temida después de Portugal. Y así, la noche del 3 de julio, desde la C/Real en la vieja ciudad del Duero, con una pizza, unas Lays campesinas y el descubrimiento de los cómics de Cori el grumete y Bob y Bobette, Villa nos daba de nuevo la victoria con un 0-1.
Era algo mágico, irrepetible. La sensación de que estábamos ante algo único e imparable. Y durante todos estos partidos San Iker seguía salvándonos. Una coordinación perfecta entre los jugadores, con el triunfo del tiki-taka.
La siguiente parada era clave: semifinales contra Alemania (7 de julio), la misma a la que habíamos derrotado en Viena. Aquí nos lo jugábamos todo. Tras una vacía primera parte, Xavi tiraba un córner y Puyol acudía como salvador con un decisivo gol de cabeza.
La reina Sofía acudió al vestuario para felicitar a los jugadores, mientras Ramos retiraba las toallas y calcetines tirados por el suelo.
Ciertas empresas que habían prometido devolver el dinero del reembolso si España ganaba el mundial comenzaban a temblar. La puerta de la final estaba abierta por primera vez en la historia del fútbol español. La historia empezada por Aragonés estaba ahora en manos de Del Bosque para escribir una nueva página. La página definitiva. Todos los deberes estaban hechos. El mérito tenía dos colores: rojo y amarillo. Un país entero esperaba la ansiada final contra un duro rival: Países Bajos.
La noche del 11 de julio de 2010 es ya historia de España con mayúsculas. El mismo año en el que nacieron mis chavales de Valdeluz y Horche. Nada es por casualidad. Llegaba la hora. Tras dos partes con intentos por parte de los dos equipos, llegaba la prórroga. La suerte estaba echada.
Tensión absoluta en la prórroga. Un fantasma llamado penaltis sobrevolaba a todos los españoles. Y, entonces, historia viva: Jesús Navas aparecía como un relámpago desde el pico de su área hasta cruzar el medio campo. Antes del ataque holandés, consiguió pasarla a Iniesta. De Iniesta a Fábregas. Y de Fábregas de nuevo a Navas.
Y entonces llegó el momento casi sagrado: Navas pasa al Niño, que pasa a Iniesta. Rechace entre medias de Holanda, pero el balón llega a Fábregas, que lo pasa a Iniesta. Arriesgándose a que hubiera un fuera de juego (que no lo había), el albaceteño marcaba el ansiado gol.
Los que vivimos aquello somos afortunados. Una noche que jamás se olvidará. La ciudad del Duero estallaba de júbilo. España entera saltaba. La Roja exaltada: el sueño cumplido.
Celebración de los entonces príncipes Felipe y Letizia en las gradas y pesar del entonces príncipe Guillermo Alejandro llorando.
400 años separaban aquella imagen de esta:
Y cómo no recordar el beso de Casillas y Sara Carbonero:
La victoria se había logrado. El orgullo, la alegría y la ilusión de todo un país. El primer mundial de España, nuestra primera estrella. Y esperemos que no la última.


















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