Hacía mucho tiempo que no me emocionaba al ver algo en televisión. Más que nada porque la televisión es cada vez peor y porque en este mundo materialista, frívolo, chabacano y hedonista en el que vivimos hay muy pocas cosas que hagan impresionar, saltar, aplaudir, vivir, en suma. Es cierto que cada Nochevieja nos une y nos emociona la entrada en el nuevo año con las uvas. Pero poco hay que pueda impresionar más como lo vivido ayer en Barcelona con la bendición de la Sagrada Familia.
La visita del papa León XIV está siendo algo mucho más que una visita. Está superando con creces a las anteriores visitas de Juan Pablo II y Benedicto XVI, no solo por asistencia de público, sino por todo cuanto ha movido y agitado. Las visitas de aquellos pontífices se limitaban a baños de masas desde altares montados en estadios (muy del gusto de Juan Pablo II desde su histórico viaje a Polonia en 1983, del que ya hablamos en el caso Orlandi), encuentros con las autoridades, misas y bendiciones desde el papamóvil. Pero el papa León ha logrado algo inédito. El papa Francisco gustó mucho de las palabras, pero muy poco de los hechos. Por el contrario, Prevost ha bajado al barro y rescatado personas en Perú; les ha hecho llegar suministros durante el COVID en ese país andino, se ha enfrentado a la secta Sodalicio, ha conducido sus coche y ha visitado los lugares más apartados de aquel estado. Y aquí, en España, se ha reunido con personas desamparadas en la sede de Cáritas, ha escuchado a la patronal y a los sindicatos, a las víctimas de la pederastia. Ha realizado una procesión del Corpus inédita. Está moviendo y encantando a personas no creyentes, muchas de las cuales admitían su emoción.
Porque aunque es un papa tímido, serio, las pocas palabras que dice las dice de verdad. Y eso se nota. A veces, es precisamente la sencillez lo que más llega. Y los hechos. Pues como le dijo San Francisco a Bernardo de Quintevale: "Hubo un tiempo en el que yo también creía en las palabras...".
La fase madrileña me ha despertado especialmente una sonrisa. Y no precisamente por la basura de Hakuna y toda esa parafernalia hipócrita con tientes de "juventud". Creo que hay una belleza misteriosa que hace despertar una sonrisa. Una puesta en escena hermosa, porque la belleza ha estado ligada a la religión desde siempre, aunque, como señaló Soto Ivars, "la que nos dio a El Bosco y a Bach, nos ha traído en los últimos años a Hakuna y a la vulgaridad". Lo mismo ha sucedido en la fase barcelonesa, en la que al papa le tocaba bendecir la torre de Jesucristo, culminada tras años de construcción en el largo proceso arquitectónico de la que (ya hace tiempo, pero sobre todo desde ayer) creo que es mucho más que una iglesia: la Sagrada Familia de Barcelona.
Especialmente emotiva fue la conversación del papa y los reyes con la niña ciega que pudo tocar la reproducción de la torre. Momento que podría estar perfectamente amenizado por la banda sonora de La misión de fondo.
En esta época de corrupción, basura, subnormalidad, burocracia innecesaria, saturación en muchos niveles etc., merece la pena que nos conmovamos ante algo que, como decía, nos despierta una sonrisa. Y a quien no le pase, que se lo haga mirar.
Pero la sorpresa llegaba al finalizar la misa de bendición. Misa también bella, no solo por el escenario incomparable que ya de por sí supone el interior de la Sagrada Familia, sino por el coro y por los aplausos a León XIV, también inéditos. Tras esta ceremonia, el papa salió al exterior y bendijo el templo. A continuación, comenzó un espectáculo impresionante (y totalmente sorpresa) que nos dejó sin palabras y con la piel de gallina. Todo empezó con un coro de niños cuyas voces no parecían de este mundo. La motivación mística que ha acompañado al cristianismo y a otras religiones desde siempre se materializaba en ese momento esencial. Y brotaba una sensación: la sensación de estar ante algo fuera del tiempo y del espacio.
Tras ello, comenzaba el juego de luces y música. Y entonces, nos rendimos completamente a lo que estábamos viendo. Ni una palabra por parte de ningún locutor. El silencio estupefacto de saber que estábamos contemplando algo que, de algún modo, parecía traspasar todos nuestros parámetros de este siglo XXI (que no está siendo tan genial como pensábamos). Algo histórico, mágico e irrepetible. La civilización occidental, que ya demostró en la inauguración de los Juegos Olímpicos de Invierno que no está muerta ante la locura woke, demostraba de nuevo lo mismo anoche. La ciudad condal se había guardado bien la gran sorpresa que, para mí, no solo ha sido el gran momento de la visita del papa León, sino el gran momento de 2026.
Y como broche de oro, el rostro de Antonio Gaudí formado por drones en el cielo de Barcelona, mirando a su obra, la que él no pudo ver terminar, y sonriendo.
Contemplar el espectáculo que ofrecía ayer la maravilla de la Sagrada Familia fue más que un momento televisivo o anecdótico. Es ya historia de España y del mundo.











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