¡Oh, veranos inmortales! Veranos del Pantano, nuestro mar soriano. Todo cuanto hablaba del mar era para mí, en aquellos veranos de los 90, el embalse de la Cuerda del Pozo.
En la playa de la Carretera Cortada, en esos días interminables en los que nos bañábamos, comíamos, jugábamos durante la siesta de los mayores y volvíamos a bañarnos hasta la merienda-cena. Cuando la puesta de sol nos anunciaba el final del día y lo contemplábamos sabiendo que estábamos ante algo intemporal.
Igual que en la luna naranja que le seguía, esa enorme luna africana.
Aquellos días inmortales que tenían como banda sonora las canciones de Juan Luis Guerra y 4.40. Y es que al oír que "a tu amor le nacen alas y vuela sobre el mar" yo solo podía pensar en el Pantano.
Desde aquellos primeros 90 no he podido entender un verano sin A pedir su mano, De tu boca, Café en el campo o Visa para un sueño. Lo curioso es que, ya de veinteañero, conocí canciones de otros autores que me hablaban inconscientemente de aquellos veranos: Arponera, de Esclarecidos; Che sarà, de Ricchi e Poveri; The Morning After, de Maureen McGovern o Yesterday Once More, de The Carpenters.
Aquellos veranos en los que yo viajaba a Helvecia con Astérix y Obélix:
O al oeste con Lucky Luke:
Del oeste hay mucho para contar: todas aquellas historias me hablan directamente del verano. Pues como las bicicletas, el western es para el verano.
¿Pues cuándo si no cabalgarían los indios por las grandes praderas de las grandes historias?
Y también las aventuras son para el verano, especialmente las de Julio Verne, pues no puedo imaginar 20000 leguas de viaje submarino ni Dos años de vacaciones ni La isla misteriosa si no es bajo el sol de julio y agosto.
¿Pues como pensar si no en aquellas islas exóticas de los mares del Sur?
¿O en tesoros de piratas?
¿O el desierto de Tintín en Los cigarros del faraón y en El cangrejo de las pinzas de oro?
Sin olvidar a Pippi Calzaslargas, especialmente en Viaje en tren, pues ese desayuno en el jardín en la mañana veraniega es también el mío:
Y el de Larsson:
Y cuando los animales huyen de la tormenta, es la tormenta de verano en Santervás:
Ese paisaje de fondo es el Duero cerca de Santervás:
La aventura estaba también presente en la piscina de Abejar, con el marco (también inmortal) del Pico Frentes como fondo.
¡Con los míticos helados Solero de Frigo!
Y El enebro de los hermanos Grimm
que era para mí el enebro del Pantano:
¡Y La chusma!
Y qué decir de El viento en los sauces: un canto de amor al campo y al río.
Campos y ríos que son los míos del verano
Algo que no está lejos de los impresionistas, como la Grenouillere
Y las noches de Valonsadero, que tanto me recuerdan a la fiesta de Heidi en el jardín, de la que hablamos.
Esa atmósfera me habla también de Mary Poppins, que vi miles de veces en vacaciones en casa de los abuelos.
Las escenas del parque (aunque este no se llega a ver, sino que se intuye tras las rejas), que serán siempre para mí la Dehesa y la avenida de Valladolid, ya de noche, con la luz de las farolas.
Es a la entrada de ese parque donde Bert se gana la vida, en uno de sus numerosos empleos, pintando pequeños cuadros en la acera.
Pinturas naif que, quizá por recordar a las obras de Henri Rousseau, o incluso a Georges Seurat, invitaban a un verano imperecedero, anclado en aquella Belle Epoque.
El paseo de los personajes por el paisaje del cuadro, con carrera de caballos y caza del zorro incluidas, y la terraza bajo el sauce, aportaban también una sensación de eternidad.
Y sobre todo cuando contemplan los tejados de Londres al atardecer y Bert dice: "¿Qué os había dicho? El mundo entero a vuestros pies ¿Y quién puede ver esto? Los pájaros, las estrellas y el deshollinador". Justo después de sonar la melodía del Big Ben y antes de comenzar la de la Mujer de las Palomas.
Ahí está la casa de los abuelos y la carretera de Pedrajas. Ahí vive el espíritu del verano. De los veranos inmortales.
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