miércoles, 28 de octubre de 2026

Cuando llegaba la noche

   Hay imágenes que nos llevan a momentos o simplemente a sensaciones, atmósferas o ambientes. Es lo que sucede con lo que comenté al hablar de Suspiria. Y es lo que sucedía, especialmente, cuando llegaba la noche.
    Un camino solitario al anochecer puede suponer fantasmagóricos encuentros, como ya comenté aquí. Y ahora que estoy leyendo Manuscrito encontrado en Zaragoza de Jan Potocki, veo que hace ya siglos que esos escenarios son vistos así.


    Pensemos en la Santa Compaña, que se aparece, según la superstición gallega (y su versión asturiana, la Güestia, y la castellana, la Estantigua), en caminos solitarios. El mismo escenario en el que se situaba el viejo cuento de La zarza, en el que un hombre cree ser atacado por bandidos, o las llamadas Damas de carruajes, versión de la Edad Moderna de las actuales chicas de la curva. Y algo deben de tener esos caminos cuando yo de pequeño, que no conocía nada en torno a estas leyendas y supersticiones, veía esa caída de la noche en aquellos caminos cerca de casa como algo inquietante. Es lo que ya comenté aquí sobre los fondos de los cuadros de Goya.


  Y así lo relacioné con imágenes en aquel tiempo, ya fuesen provenientes de los cuentos que me leían, como El gigante de Violeta Denou, o en El ahijado de la muerte, de los hermanos Grimm. 



    Aunque existen varias versiones (El soldado y la muerte, El carbonero y la muerte, etc.), en todas ellas, el momento más inquietante es cuando la Muerte le enseña al protagonista una sala llena de velas encendidas y le dice que son las almas de la humanidad.


    Resulta curioso que el filósofo alemán Hans G. Gadamer contó una vez que El ahijado de la muerte era el cuento que más le había atemorizado de pequeño y precisamente por esa escena.
    Lo mismo sucede con series, como El Cuentacuentos,




    Cuando llegaba la noche, cuando era pequeño, una habitación a oscuras podía convertirse en la morada de un ser fantasmal, de una sombra maligna. Así aparecía en mis pesadillas de pequeño, al igual que en la plaza, cerca de mi casa, unas brujas celebraban una reunión, acompañadas de sus gatos. Una mujer de negros cabellos y vestido rojizo podía aparecer junto a la ventana. La momia de Rascar Capac de Las 7 bolas de cristal de Tintín podía aparecer en cualquier momento.


    Años después, me es imposible no ver en ciertos cuadros inquietantes esa caída de la noche, como en los de León de Spilliaert,





en los de William Degouve de Nuncques,





o en los de Paul Delvaux.


Lo mismo transmite La noche, la pintura del tocador de señoras del casino de Murcia.


    Cuando llegaba la noche, en resumen, la imaginación se disparaba. Y en este mundo dominado por la IA y la mediocridad, cuánto se echa de menos.




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