En el verano de 2014 mis tíos viajaron a Bretaña. Yo había estado ya en 2007, pero ellos visitaron algunos sitios que yo no. En uno de estos, les hablaron acerca de San Cornelio, del que se contaba que era protector de los animales con cuernos.
Solo hay un San Cornelio que fue papa. Y al llevar tiara comprobé que solo podía tratarse de este. Pero ¿qué tenía que ver este pontífice del siglo III con Bretaña y con los animales con cuernos? Nada. Entonces, me di cuenta de que estaba a punto de desvelar un misterio, el cual me llevaría a preguntarme por muchos otros. San Cornelio no es sino la cristianización de un culto precristiano y prerromano: el del dios astado Cernunnos, del que ya hablamos aquí.
No fue el único santo sustituido. Si se escarba, se verá que San Ramón Nonato o Santa Brígida cumplieron también esa función, y muchos otros.
Este punto de partida me llevó a rescatar a los templarios, a los que tenía olvidados desde que estaba en Primaria, y a darme cuenta de que no estaba sino en la punta del iceberg. Así, me leí Las puertas templarias de Javier Sierra.
En septiembre viajé a Portugal, a la zona central. No imaginaba que el país luso, que conocía ya por mi viaje a Lisboa, Coimbra y Oporto de 1999, me llevaría a abrir nuevas puertas templarias. Fue en Tomar, para mí el mejor sitio de Portugal, sin ninguna duda (aunque Évora es una pasada que no se queda atrás). Este antiguo monasterio templario fue reconvertido luego por la orden de Cristo, sucesora del Temple en Portugal e impulsora de los viajes trasatlánticos a África y América. La fachada de Tomar y su decoración tardogótica con líquenes y su ventana manuelina es lo mejor del lugar.
La huella templaria en Tomar y los megalitos que vi también en ese viaje me llevaron a explorar el pasado remoto. Y descubrí, acompañado por la música de Enya, que había todo un mundo en las leyendas, los símbolos y demás, que merecía la pena rescatar e investigar. Y de este modo, a través de datos que habían venido hasta mí desde Francia y desde Portugal, me di cuenta de que tenía que explorar esa amalgama mágica, secreta y oculta de mi propio país: era hora de descubrir la España mágica.
Este concepto fue acuñado en los años 70 por Sánchez Dragó en su Gárgoris y Habidis: una historia mágica de España y por Juan García Atienza en su Guía de la España mágica. El propio García Atienza dio la definición de qué es un lugar mágico: "aquel en el que se experimente la trascendencia". Por eso, conceptos que podemos rastrear en nuestra España mágica, desde la Prehistoria hasta el Renacimiento, de extrañas tradiciones y costumbres, de símbolos y arte insólitos, nos igualan en otros que podemos rastrear en otras partes del mundo. Pero los investigadores de la España mágica han señalado la peculiaridad de nuestro país: es un cruce entre lo celta, lo latino-mediterráneo y lo germánico. Una mirada a Oriente y a Occidente; el camino de Santiago y la vía de la Plata, el solar de la Atlántida...
En realidad, la exploración de la España mágica comenzó ya en el siglo XIX. Por un lado, de la mano de Mario Roso de Luna, un escritor extremeño tremendamente interesado en el ocultismo.
Roso de Luna centró sus investigaciones en Asturias, a la que dedicó su obra más trascendental: El tesoro de los lagos de Somiedo, con el que se inicia el interés por la España mágica.
Por otro lado, de la mano de Roberto Frassinelli, el verdadero redescubridor de Asturias.
Conocido como "el Alemán de Corao", por haberse instalado en este municipio asturiano, Frassinelli investigó las antiguas tradiciones y arte del principado, tanto cristianos como precristianos. Y descubrió una riqueza material e inmaterial que merecía la pena guardar. El sueño de su vida fue la construcción de la basílica de Covadonga, que no pudo ver terminada.
No es una casualidad que Asturias fuese el punto de partida para ambos investigadores. El principado es la columna vertebral de España, tanto a nivel cultural como identitario.
A través de Sánchez Dragó conocí a San Amaro, el santo navegante que se lanzó por un mar desconocido a buscar el Paraíso. Cuando regresa a su casa, han pasado más de 200 años sin que él lo sepa: el viejo mito del tiempo.
Un personaje que no es sino una hispanización del irlandés San Brandan (o San Borondón), aquel que celebró misa sobre una ballena.
A este santo lo conocí a través de Mu: el continente perdido, la última aventura (conocida) de Corto Maltés.
San Brandan es, a su vez, otra cristianización (aunque parece ser que el santo como figura histórica sí fue real) de Bran Mac Febal, el mítico navegante irlandés cuyo periplo es muy similar al del santo, incluido lo del paso del tiempo.
Los intercambios entre Irlanda, Galicia y Asturias desde épocas remotas explican la leyenda de San Amaro. Imaginar el legendario viaje por un mar desconocido, acompañado de la música de Vangelis, fue toda una aventura. La cual solo puede ser comparada con lo que debieron sentir Colón y sus hombres al atravesar aquel océano desconocido ¿Es Bran una leyenda sobre la base real de un aventurero celta que se atrevió a vencer el miedo de su cultura por el Atlántico y llegó hasta América? Recordemos las historias acerca de islas más allá de ese océano en tiempos muy remotos.
O hablar del heterodoxo Prisciliano, el obispo hispano, primero ejecutado por hereje, y que algunos señalaban como el que estaba enterrado realmente en la catedral de Santiago de Compostela.
A mi regreso de Portugal, rescaté en YouTube un coloquio del programa El faro de Alejandría de Sánchez Dragó sobre la España mágica. El escritor y presentador reunió a cinco investigadores sobre este tema: García Atienza, el que más me ha marcado de los cinco; Jesús Ávila Granados; Jesús Callejo y Antonio Ruíz Vega.
Tras ver este coloquio, que absorbí como una esponja, me lancé a ampliar mis conocimientos sobre la España mágica. Y lo hice a través de La meta secreta de los templarios de García Atienza. Y ¿casualidad? en la portada aparecía una de las estatuas de Tomar.
Aunque no formó parte del coloquio, la obra de Mariano Fernández Urresti resultó también esencial para mi "formación" en la España mágica.
Tanto Fernández Urresti como el mismo Javier Sierra me animaron a seguir explorando "la cara B de la historia".
Y así me lancé también a buscar esa España mágica cerca de mí: ¿oculta el culto a la Virgen del Castillo de El Royo (Soria) otro prerromano a alguna diosa perdida por su cercanía a un castro pelendón y su vinculación a las ermitas de Inodejo (también en Soria) y Lomos de Orio (La Rioja), también con pasado celtíbero?
¿Hay claves templarias en San Saturio de Soria? ¿Giran las pinturas de San Baudelio en torno al arcano 9 (el ermitaño que busca el conocimiento)? ¿Qué lenguaje perdido guardan los relieves de la portada de la iglesia de Santa María del Concejo de Llanes?
Y así, he llegado a otros misterios, como el de las abejas de Santorcaz, la cueva de Villarrubia de Santiago, la ermita de Viguera o la de Rabanera del Campo.
Todo un mundo que merece la pena explorar.

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