lunes, 13 de junio de 2022

Guillermo Tell (VII)


   Los guardias de Gessler conducen a Wilhelm Tell a la orilla del lago de los Cuatro Cantones. Desde allí será conducido en barca hasta el castillo de Küsstnach. El propio Gessler irá a bordo.




-¡Bien, Tell! ¿Ya no eres tan altivo ahora que tienes las manos encadenadas, eh? ¡Subidle a la barca! Como verás, he hecho cargar también tu ballesta y tu segunda flecha ¡con la que pretendías matarme si hubieses errado el tiro a la manzana! Jajaja Las pondré ante ti para que puedas verlas mientras el verdugo hace su oficio ¡Serán las últimas cosas amadas de las que podrás despedirte! Jajaja





  Los guardias embarcan al prisionero, y con ellos Gessler y el capitán de la guardia. Un soldado vigila de cerca a Tell, con las llaves a mano:




 Cuando solo llevan un rato remando, el cielo empieza a oscurecer y sopla un fuerte viento. Las aguas del lago comienzan a moverse con fuerza:





-¡Maldición, una tormenta!-gruñe Gessler.
Los remeros intentan hacer frente al oleaje, pero cada vez es más fuerte. La barca se agita de forma violenta:



-¡La tormenta es demasiado fuerte, señor!-dice uno de los remeros.
-¡Ya lo veo! ¿Pero no sois capaces de desembarcar, maldita sea?-pregunta Gessler.
-No podemos, excelencia. La tormenta ha desviado la barca y no conocemos esta parte del lago.




-¡Malditos inútiles! ¿Es que no hay nadie que conozca esta parte?
-Yo-dice Tell con firmeza.
Gessler mira con ira a su odiado enemigo.
-¡Pues condúcenos a tierra!
-Con estos grilletes no puedo-responde Tell.
Los guardias se asustan por el oleaje. Ninguno de ellos sabe nadar. El vigilante de Tell coge rápidamente las llaves.
-¡¿Qué haces, insensato?! ¡Ni se te ocurra liberarle!-grita Gessler.
-¡Pero, señor, es el único que puede salvarnos...!
-¡Te lo prohíbo!
El vigilante duda unos instantes, pero abre el candado de los grilletes de Tell con las llaves.
-Lo siento, señor, pero prefiero desobedeceros que morir...
-¡Y morirás igualmente, puedes estar seguro! ¡Lo pagarás!





 Ya liberado de los grilletes, Tell se coloca a la popa de la barca:
-¡Remad hacia esa orilla mientras manejo el timón!
Los remeros, más asustados por la tormenta que por la ira de Gessler, obedecen al ballestero:




Tell agarra el timón y dirige la barca hacia la orilla indicada. Mira su ballesta y la flecha, colocadas cerca de donde estaba sentado.
-¡Seguid remando! Allá enfrente hay una pequeña ensenada, cerca de la aldea de Sisikon.-dice Tell.
Los guardias obedecen:




   La barca está a pocos metros ya de la ensenada y pasa casi rozando junto a un pequeño peñasco. Con enorme rapidez, Tell suelta el timón, coge su ballesta y la flecha, y salta de la barca al peñasco.







Gessler grita furioso:
-¡Cogedle! ¡Cogedle, maldición! ¡Se ha escapado en vuestras narices, inútiles!
Tell trepa por el peñasco y se vuelve a sus captores:
-¡No os miento! En la ensenada podéis desembarcar. Pero permitidme que no os acompañe... En cuanto a ti, Gessler, nunca falto a mis juramentos ¡Esta flecha será para ti!




-¡Tell! ¡Maldito seas! ¡Es inútil que huyas! ¡Acabaré contigo! ¡Te cazaré como a una rata!
Pero Tell se aleja del lago y se adentra en el bosque. Allí, nadie podrá dar nunca con él.



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