jueves, 8 de enero de 2026

La Heidi inquietante

  Heidi es sin duda una de las series que más han marcado la historia de la televisión, no solo dentro de los dibujos animados. La producción japonesa que se estrenó allá por los años 70, pero que pudimos conocer gracias a las numerosas reposiciones, basada en la novela de la escritora suiza Johanna Spyri, está llena de valores, grandes escenas, situaciones, etc. Todo ello, como ya comentamos en el post titulado Los huérfanos del anime, se aleja de la imagen edulcorada que algunos han señalado. Y dentro de esa realidad nada idealizada que Heidi nos ofrece del siglo XIX, vamos a detenernos, en esta ocasión, en la parte inquietante que la serie tiene también.
    Comenzamos con el capítulo en el que Heidi recibe la noticia de que Copo de Nieve, su cabra favorita del rebaño de Dorfli confiado a Pedro, va a ser sacrificada por su dueño. Esa noche, la niña tiene una terrible pesadilla en la que aparece Copo de Nieve siendo arrastrada por un hombre cuya identidad no se revela. 


    Heidi corre aterrorizada ante un fondo cambiante con casas y cabras, que tienden a la simplificación de las formas.


Fondos que recuerdan mucho a los cuadros de Paul Klee.


O a los de Ernst L. Kirchner.




O al futurismo italiano.


    Esos fondos acentúan el ambiente onírico inquietante que rodea a la protagonista en un momento tan dramático. Aunque logran una sensación asfixiante, no llega a ser tan inquietante como la pesadilla de la serie "hermana" de Heidi: Marco. En ella, el protagonista sueña con un grupo de mujeres enlutadas siniestras que claman que su madre ha muerto,


que recuerdan algo a los cuadros de Paul Delvaux



 y referencias a Salvador Dalí




o a Giorgio De Chirico.


E incluso a René Magritte.


    A día de hoy no comprendo cómo se les ocurrió a los creadores de la serie una escena tan siniestra. Pero es lógico que Heidi tuviese más éxito que Marco.
    El siguiente caso es el retorno de la tía Dete, la que confió a Heidi a su abuelo al comienzo de la serie. Personaje que, como se descubrirá a lo largo de esta, con más perspectiva, es el más negativo (más incluso que la señorita Rotenmeier). Cuando Dete regresa a Dorfli le comunica al abuelo su intención de llevarse a Heidi a Francfort. Aunque el anciano no dice nada, la tía adivina la oposición de este a que la niña abandone las montañas. Y es entonces cuando le comunica que si se opone podrá llevarle a juicio con los apoyos que tiene (suponemos que se refiere a las mujeres de la aldea) y porque "sabe cosas de su pasado".


    ¿A qué se refiere Dete? Recordemos que en el primer capítulo una de las aldeanas le pregunta a Dete, refiriéndose al abuelo: "¿Es cierto que mató a un hombre cuando era joven?".


    Jamás volvió a hablarse en la serie sobre ese supuesto pasado oscuro del anciano. En la novela únicamente dice que el abuelo, siempre a través de rumores, dilapidó una fortuna en el juego y que sirvió al reino de Nápoles durante la Unificación Italiana (1848-1861), suponemos que como mercenario. 
    El siguiente caso es la falsa boda que la abuela de Clara organiza para esta durante la estancia de Heidi en Francfort. Tras ver el interés de su nieta por la salida de unos novios en una iglesia, la anciana hace disfrazar a aquella de novia y celebrar una fiesta en la mansión. Pero, aunque se trata de una escena alegre, en principio, no deja de ser inquietante ver a una niña vestida de novia en una silla de ruedas rodeada de invitados tocados todos con antifaces y gorros, como si se tratase de una secta o sociedad secreta.


    Ignoramos quiénes son esos invitados, lo cual refuerza la idea de inquietud en el espectador. Lo que de verdad une a este con Heidi durante la estancia en Francfort es la sensación de asfixia y depresión que experimenta la niña, lejos de sus queridas montañas y de su abuelo. Tras la marcha de la abuela de Clara, la única fuente de alegría para Heidi en la mansión, la niña cae de nuevo en su sopor por su nostalgia de los Alpes. En una ocasión, Heidi es sorprendida por la Rotenmeier en la estancia secreta que la abuela le enseñó. La silueta de la institutriz en la puerta está en el mismo nivel que muchas producciones de terror clásico.


No está lejos de Rebeca (Alfred Hitchcock, 1940).


    Esa imagen inquietante se refuerza cuando la Rotenmeier aparece sosteniendo un candelabro en la noche en la que los criados dicen haber visto un fantasma en la mansión de los Sesemann.


Fantasma que se ve por una "cosa blanca" que sube la escalera.


    Heidi, que resulta ser el "fantasma" porque es sonámbula, sueña con la cabaña del abuelo. En el sueño, la niña se ve a sí misma dentro de la casa, bañado todo por la luz de la luna. Llama al abuelo, pero ni este ni el perro Niebla aparecen por ninguna parte. La cabaña está vacía.


    Heidi sale al exterior y se queda contemplando la luna. La pesadilla no solo muestra la tristeza y nostalgia de la niña: nos muestra además que sus seres queridos no solo se encuentran lejos, sino que ya no existen.


    Curiosamente, no vuelven a haber escenas inquietantes tras el regreso de Heidi a los Alpes. Los soleados días del verano alpino y las carreras de trineos en el invierno, además de la asistencia de Heidi a la escuela, nos indican que la protagonista ha recuperado su alegría, que la etapa de Francfort, que no dejaba de ser una cárcel elegante, se ha desvanecido y que las montañas han ganado, puesto que incluso Clara y su abuela desean quedarse allí. Y, así, la serie vuelve a ser luminosa y alegre.

    

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