Hace unos meses hablábamos sobre la Heidi inquietante. En esta ocasión, me ocuparé de la Heidi que queremos.
No, no me refiero a esta
Me refiero a la Heidi que nos mueve a recordar la serie, la de los momentos que nos hacían desear vivir en los Alpes suizos. Un escenario que ya desde la presentación nos invitaba a querer viajar allí.
Y la pequeña ermita, que solo salía en la presentación, pero que invitaba a pasear hasta ella.
Pensemos en mi capítulo favorito: Regreso a los prados. Reto a cualquier pintor, dibujante o artista en general a que haga algo que esté a la misma altura que los 32 segundos que nos ofrece este episodio. Para mí son puro arte. Partimos de que la primavera ha llegado a Dorfli tras el largo invierno.
Pedro retoma de nuevo su trabajo y reúne puntual a las cabras del pueblo.
Hemos de señalar, conectado con lo que viene a continuación, la maestría de los dibujantes japoneses de la Nipon Animation por plasmar los pueblos y escenarios alpinos, como podemos comprobar en Mutters, precioso pueblo de Austria que visité en 2014.
En esos 32 segundos asistimos a un precioso espectáculo que nos muestra cómo poco a poco el pueblecito se va despertando y abre sus ojos (es decir, sus ventanas).
No es de extrañar que, entre los adultos españoles a los que Heidi conmovió allá por los años setenta, estuvieran aquellos que habían emigrado del campo a la ciudad y que se sentían identificados con las actividades rurales que aparecían en la serie. Aunque les separaran un siglo y bastantes kilómetros de los Alpes.
Una mujer tiende, otra sacude una alfombra, otra pone un tiesto en su ventana. Los aldeanos se saludan y cada cual se pone a trabajar.
Las abejas revolotean por las flores junto al riachuelo, proveniente del deshielo primaveral.
Heidi y Pedro marchan a los prados y Pichí, el verderón que Heidi cuidó cuando era un polluelo, entre una multitud de pájaros, viene a saludarles al igual que las ardillas, las dormilonas (marmotas) y todos sus amigos del bosque y los prados.
De fondo suena una música folclórica suiza con acordeones, voces y todo. Y al final del camino la bandera metálica sobre el promontorio de piedra que indica la altura de la zona, que es otro de los emblemas de Heidi.
Heidi corre hacia ella y grita:
-¡La bandera! ¡Está aquí como el año pasado!
Lo que para Pedro es algo normal, en lo que no repara porque forma parte de su entorno, su día a día, para Heidi es todo un espectáculo. La bandera está ahí como el año pasado, lo que significa que su microcosmos se renueva: después de la nieve, que ha paralizado el valle alpino y a sus gentes durante el invierno, llega la primavera con el buen tiempo y todo lo que trae consigo. El ciclo de la vida visto por los ojos de una niña, de todos los niños.
Tras el drama de Francfort, el regreso de Heidi a los Alpes supone el reencuentro con todo ese microcosmos. El abuelo, que dentro de su carácter huraño ve recobrada la única alegría que le quedaba, ve el interés de Heidi por la lectura, la cual ha empezado a adquirir durante su estancia en Alemania. Y así, decide que deben bajar al pueblo para que la niña pueda ir a la escuela. Pero no puede alquilar la casa que pensaba porque no se ve capaz de vender el cabritillo nacido de su cabra Blanquita al ver cómo Heidi se ha encaprichado con él.
Ante ello, opta por arreglar una casa en ruinas, que será la residencia de invierno para él y Heidi.
Cuando Clara viaja a los Alpes es ella la que queda prendada de ese microcosmos.
La transformación de Clara que los Alpes le ofrecen no solo sucede a nivel físico, sino también personal. En el capítulo
en el que Clara le lee los salmos a la abuela de Pedro no podemos dejar pasar la revelación que hay
en uno de ellos: “Dame serenidad para soportar los dolores y fuerzas para
enfrentarme con la adversidad. Ilumina mi corazón cuando se apaguen mis ojos
para que yo pueda dirigirme a la tierra prometida felizmente, Señor, como
cuando voy a mi hogar”. Y el capítulo termina con esta frase de la narradora: “En cada criatura hay un caudal de felicidad para ofrecer
a los demás”. Clara, que vivió siempre atendida por otros, sin apenas salir de su mansión de Francfort, se ve ahora útil.
Con la visita de la abuela de Clara tiene lugar otra de las escenas que más me gustan de Heidi: la fiesta en el jardín de la casa de Dorfli.
La estampa de los farolillos en los manzanos es como una noche de verano parada en el tiempo. Como si de algún modo fuesen todas nuestras noches de verano. Y si la abuela desafió ya la austeridad y la compostura decimonónicas de clase alta al celebrar la boda falsa en Francfort y sentarse en la hierba, para escándalo de la Rotenmeier, de nuevo lo hace al invitar a la fiesta a todos los niños del pueblo. Y con todos ellos, deseamos que esa noche de verano no termine nunca. Porque esa es la Heidi que queremos.




















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